LA GRANDEZA DE LAS COSAS PEQUEÑAS

En estos tiempos de cuarentena, donde ya acumulados días y algunos de nosotros semanas en nuestras casas, empezamos a extrañar cosas que antes de que todo esto empezara, parecía dado por sentado. Cobra valor el abrazo de nuestros padres, el cafecito con los compañeros de trabajo, reírse con amigos! (siempre tenemos uno que nos hace reír a carcajadas con sus ocurrencias); empezamos a extrañar una caminata bajo el sol, comer un helado, en fin…

Aunque tenemos que reconocer que no todo es malo. Estos días hemos regresado a lo simple, a la esencia. Hemos podido disfrutar de un café sin prisa, de un atardecer por la ventana. Hemos olvidado los zapatos de tacón y la necesidad imperante de una manicura  o arreglarnos el cabello cada semana. Estamos recordando que para vivir no se necesita mucho y que lo indispensable casi nunca se compra con dinero.

Hoy que atravesamos esta realidad, recuerdo una escena que viví hace unos meses montada en un avión, regresando muy cansada de un viaje de trabajo (uno de esos donde estás tan cansado que ya estás en piloto automático y solo quieres llegar a tu cama)  que a pesar de eso, no pudo pasar desapercibida. 

A veces lo grande se nos vuelve paisaje, se vuelve cotidiano porque crecimos afortunados viendo este tipo de cosas desde la cotidianidad. Estaba yo montada en mi asiento en la ventana, de la nada llegó una señora de unos 60 años sin ningún temor, sin ningún tipo de juicio y con una transparencia de alma evidente, y pidió mi asiento con una dulce voz diciendo que era su primera vez volando… Por supuesto! Le dije, aunque al principio me pareció raro, no pude negarme a su dulzura. En ese instante, lo que era para mi, un vuelo más de regreso a casa, se convirtió en el más bonito que pueda recordar. 

En tanto el avión empezó a moverse, las mejillas de María se llenaron de lágrimas. No pudo ocultar su emoción mientras despegaba y ella miraba por la ventana cómo nos alejábamos de la ciudad. Sus ojos continuaban maravillados mientras nos acercábamos al cielo. Tomó mi mano y no dejaba de repetirme lo milagrosa y mágica que era esta experiencia. Para ella era mágico ver cómo una máquina tan grande acortaba distancias y cómo era que con tanto peso no se caía mientras volaba. No olvido sonriendo me agradecía por poder ver con sus propios ojos este milagro! 

Su cara tenía una inocencia de un niño pequeño, ojos grandes y brillantes que hoy recordé…  y me hizo mucho sentido contarte esta experiencia ahora, cuando extrañamos tantas cosas y a tantas personas. Me repito a mi misma, que espero que cuando todo esto pase, tendremos que haber aprendido a vivir más y mejor. 

Y esta es mi invitación para ti, que vivamos el presente, el aquí y el ahora, como cuando éramos niños. Entender que despertar cada día es, por si misma, una oportunidad y un regalo que tenemos que valorar y agradecer. Un árbol florecido, un niño sonriendo detrás de unas burbujas de jabón, un arcoíris.. apaguemos el piloto automático. Estemos aquí y ahora, conectémonos con cada instante que nos regale la vida y recibámoslo con amor.

 Vivir conectados en el presente, una cosa a la vez, no solo simplifica la vida y nos ayuda a disminuir el estrés y la ansiedad, sino que también nos hace más felices, nos hace sentir más agradecidos y nos conecta con nuestras pasiones. Así que hoy, vive cada instante y disfruta de este día. Piensa que no estás encerrado en casa, sino que estás a salvo en ella. Aprovecha este tiempo para estar presente para ti y los tuyos. Juega con tus hijos, cocina sin prisa, llama en lugar de enviar mensajes a quienes quieres… La mejor oportunidad para vivir la vida que quieres es hoy y la vida que soñaste se construye con las pequeñas acciones que hagas cada día.

“las cosas simples son las más extraordinarias y sólo los sabios consiguen verlas”

Paulo Coelho

También puede gustarte...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *